Marsanta en ruta

Un Paseo con Sandra.


Contra nuestro deseo, Sandra se fue convirtiendo en mujer. Dejó la edad niña y transitó la adolescencia a velocidad de vértigo. Nadie sabemos cómo ha sido en realidad, pero lo cierto es que mi hija de forma tranquila pero incesante completó sus estudios y luchando contra los canallas imperativos económicos y la mediocridad de nuestros dirigentes encontró trabajo. Condenados a dar gracias por ello y sobre todo, por evitar su emigración a Praga, que a punto estuvo, la niña se nos fue de casa. No muy lejos, pero se fue. Se emancipó a duras penas y lucha por un sueldo de mierda desacorde a su formación y su valía. Por esto ella, que se encontró con la vida de repente, se asustó. Pensó que tenía que luchar, que la vida no era fácil para nadie, que tenía que luchar por su futuro y se emborrachó de realidad. Tan grande fue la cogorza que aún anda eliminando vahos y resistiendo a esa resaca.

Pensé que era el momento de hacer ese viaje que tantas veces habíamos hablado, aunque no fuese al Reino Unido como estaba previsto para ver a los escoces en faldas, visitar sus destilerías y escuchar sus gaitas, visitar los astilleros y los pubs de Belfast, acaso dedicarle un tiempo a Man y disfrutar de Londres. No había tiempo y la puta crisis nos tenía un poco maniatados. Pero había moto y ganas y a pesar del mal tiempo salimos un día de septiembre y encaramos a los orígenes, a la tierra madre, a la que nunca falla, a la tierra de mi madre, Galicia.

Esta vez el viaje sería breve pero tendría toda la intensidad posible. Madrugando, aún de noche, con el cielo encapotado y lloviendo pusimos nuestros culitos en la máquina de hacer curvas. Ir al norte, más al norte de nuestro norte, significa ir a Asturias y esta vez lo hicimos por la zona minera de Villablino. Son días de mundiales de ciclismo en ruta y en la zona se ven muchos equipos internacionales entrenando, muchos buses de colores, coches con bicis en las bacas y ciclistas con enseñas varias rodando en carretera a pesar de las lluvias.

Una primera parada en Villablino para entonar el cuerpo en la cafetería de siempre, después de casi 200 km. hace que el viaje en realidad empiece en ese momento. Los primeros km. para mi son siempre de desconexión de un mundo de trabajo, obligaciones, rutinas a otro desconocido, lleno de sensaciones por descubrir y mucho más intenso. Ese momento me entristece también al pensar que mi niña, que hoy me acompaña en mi afición y también de boquilla la suya, esté mojada y con frío y la conducción muy ralentizada. Empiezo a pensar en la posibilidad de una caída que no me perdonaría nunca. En fin las ideas se me amontonan, desearía estar y no estar donde estoy pero no me queda más remedio que salir de ese estado.

Parece que la mejor manera de salir de un entuerto es simplemente salir. Casco al cogote, guantes, ajustar bien el traje de agua y a por Leitariegos. El día da una tregua y llegamos a tocar las nubes con la mano una vez arriba.

Entramos en Asturias y Asturias es siempre sinónimo de verde, casas de piedra y mucha curva. En esta zona no hay una recta de más de 50 m. Es la ocasión de compensar el desgaste de las ruedas que se quieren poner cuadradas. Carretera enarcada de vegetación, ahora sin lluvia y con mejor temperatura nos acerca a Cangas de Narcea que hoy está imposible con una feria multisectorial que nos mete en una retención que dejaría en vergüenza un día de lluvia a las 9 de la mañana en la A6 entrando a Madrid. Un repostaje y nos tiramos al monte.

Iniciaríamos el ascenso a Los Oscos, tierras escondidas, un tanto solitarias, con carreteras invadidas de hierba, sombrías y sobre todo bellísimas.

Al llegar a Grandas de Salime y una vez hecha parada obligada en su embalse para captura de alguna foto paramos un momento a saludar a Roberto Naveiras, motorista muy conocido y reconocido dentro de nuestro mundillo moteril – ruteril.

Desde Cangas a Taramundi, el pueblo de las navajas, ya con hambre. Sabíamos que la comida casera asturiana nos dejaría con ánimos renovados. Solo llevábamos una mañana de ruta pero parecía una eternidad. Es curioso lo lejos que se puede llegar en unas pocas horas de ruta.

Y después de la comida, el diluvio y en esas circunstancias llegamos el precioso pueblo de Vegadeo. Ya huele a mar, Los eucaliptos invaden el paisaje y con ganas de llegar bordeamos la ría hasta Ribadeo. Ya habíamos llegado a Galicia y yo me empiezo a sentir mejor. Me invade un poco la morriña y me vienen los recuerdos de la familia de mi madre cuando escucho de nuevo el habla, las expresiones y ademanes de las gentes de esta tierra. Trato de que este ambiente penetre en el sentir de mi hija también.

Entrada al Hotel, una ducha, un poco de descanso y a pasear un poco. Iniciaríamos una hermosa conversación íntima, de las de verdad, esas que son necesarias y que no siempre encuentran su momento, de esas que siempre quedan en el recuerdo.

El paseo marítimo, el puente de la autovía encima de la ría, el puerto y sus restaurantes, las casas de piedra y los bares. Benditos bares. Una cena breve después de la comilona de Taramundi y al catre, que mañana es día de ruta y la lluvia y los km. han dejado los cuerpos penitentes.

Amanece de nuevo, gracias a Dios, pero pareciese que no lo hubiera hecho. Hay un cielo tan encapotado y amenazante de lluvia que entristece y acongoja. Hoy nuestro destino primero es visitar a Praia das catedrais que tantas ganas tengo. He pasado en otras ocasiones y siempre con marea alta por lo que ha habido que seguir ruta sin poder bajar a la arena.

Pero hoy ya lo teníamos estudiado, sabíamos que la bajamar sería a las 10.20 m. y a esa hora allí estábamos. No hacía frio pero había una brisa húmeda que obligaba a abrigarse, el cielo muy encapotado en la playa pero se dejaban ver los rayos del sol mar adentro. El rugir de las olas que siempre intimidan y esas roconas de formas imposibles, esa erosión tan grande en esos muros tan altos demuestran que la naturaleza es muy fuerte y que nosotros somos unos juguetes en sus manos. De todos modos el mar, que suele crear fascinación, sobre todo a los que somos de secano, siempre es muy, muy grande. Como decía Victor Manuel en una de sus canciones: “Mira Colas cuánta agua hay dentro del mar”.

Un paseo largo, oreado, húmedo pero magnífico e inolvidable.

Casi siempre cuando viajo trato de impregnarme del entorno, robar un poco de la esencia de los lugares e inmediatamente continuar hacia otro lugar. Como un ladrón de momentos que necesita más y más. Una adicción. Uno ya tiene las suficientes habilidades para llegar a un sitio e inmediatamente empaparse de todo rápidamente para al poco tiempo y de nuevo encima del hierro atacar otro lugar e ir llenando un poco la mochila pensando que ya tienes unos pequeños apuntes para en otra ocasión con más tiempo volver de verdad, pero casi nunca ocurre que se vuelva con el tiempo necesario y en realidad cuanto tiempo se necesita para sentir un lugar, una tierra. Por eso últimamente viajo menos pero viajo mejor. No es para mí ahora aglutinar destinos lo importante si no comprender los destinos y eso necesita más pausa.

Hoy sería un día de costa y desde Ribadeo atacaríamos las Asturias al borde del mar hasta Luarca pasando por Navia. Un parada en el puerto de Luarca para reponer el cuerpo con un café y pasear un poco por la lonja del pescado para ver a los pescadores reparar sus redes, a los jubilados sentados arreglando el país o simplemente viendo pasar su vida de charla con sus amigos. Salimos de Luarca por el cementerio. Unos de los más bonitos por su ubicación. Con vistas al mar.

Otra vez encima de la máquina de rugir para acercarnos a Cabo Peñas. Un lugar muy agreste y unos cortados de impresión que siempre me parecen poco amables, la verdad.

Ahora ya sentamos nuestro culito en un restaurante marinero de Luanco. Tengo especial cariño a este pueblo turístico porque compartí estudios en mis años niños en el internado con muchos chavales de aquí y pasaba parte de los veranos en casa de un compañero.

Después de otra comilona típica asturiana buscaríamos la meseta y la mejor forma que conozco es por Pajares. Para mí el más divertido puerto. Les hay más altos, más bonitos, más emblemáticos, más difíciles, más largos o más verticales pero no son tan divertidos. Pajares sabe a moto, a inclinadas fortísimas y gatillos ligeros. Un placer.

Ya en León nos queda un mero trámite hasta Sahagún. El sol ilumina con fuerza, la lluvia quedó atrás y la llegada a casa es agradable y necesaria. Sandra está cansada pero tiene una leve sonrisa de satisfacción. Seguro que descansará y en unos días empezará a sacarle el regusto al viaje después de procesar las vivencias. No ha sido su destino deseado acaso, pero ha sido un viaje con su padre en que a pesar de la lluvia intensa y el frío nunca se ha sentido en peligro y que seguro recordará y guardará en su hucha de los recuerdos hermosos para su disfrute íntimo.

Y para mí será uno de los viajes más grandes que se pueden hacer, al corazón de una hija.

Ahora estoy a la espera de dar un paseo con mi otra hija, Tamara.

Que Dios reparta suerte y nos vemos en la ruta.



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