Marsanta en ruta

Viaje

Mi ultima crónica.

Escrito por marsantaenruta 03-11-2017 en Viaje. Comentarios (0)



Hoy por casualidad entré en mi blog. Hacía muchos meses que no navegaba por ese pequeño mundo virtual que creé hace años. Recuerdo que un día allá por el año 2007 me inflé de vanidad y pensé que había sido elegido por algún dedo casi divino para contar, relatar y exponer  en internet mis pequeñas batallas con mi hierro azul.

Había vuelto a la moto después de trece años de ausencia por el imperativo familiar habitual de los que un día formamos una familia. Esa circunstancia que te secuestra y te aparta de cualquier decisión egoísta y que exige dedicación, esfuerzo y generosidad.

Pero esta enfermedad que tenemos algunos no tiene cura. Es crónica y permanente y aunque hay veces que parece que mejora, siempre acaba por aparecer de nuevo. Y antes o después la moto vuelve al garaje y el horizonte se abre y no hay mejor manera de buscarlo que montado en la máquina de rugir.

Pensé que internet me ofrecía la herramienta perfecta para compartir afición con no se sabe quién y que se abrirían muchas puertas que de otro modo quedarían cerradas. Los foros monomarcas o incluso monomodelos empezaban a estar de moda. Comunidades de amigos que comparten afición, que organizan reuniones, gente de un lugar y otro que se hacen amigos por la red con la moto como punto en común. Todos sabemos que no hay cosa mejor que una reunión de moteros contándose sus batallitas.

En mi retorno al mundillo empecé con entusiasmo en la red, asistí a varias reuniones de algún foro y empecé a viajar de nuevo en moto. Surgieron  nuevas amistades, nuevas motivaciones e ilusiones. Había comprado una Suzuki V Strom 650 nueva que me colocaba en un grupo de motoristas de aspiraciones viajeras huyendo de las altas velocidades y los grandes riesgos.

Con todos esos ingredientes di un paso más y empecé a relatar mis salidas en moto en este blog. Con mucha dedicación y difusión en los foros conseguí cierto número de visitas y por qué no decirlo una pequeña parcela de fama. En los foros era habitual funcionar con un nick o apodo y yo por supuesto tenía el mío: Marsanta. Nick con que me bauticé utilizando las silabas iniciales de los nombres de mi mujer y dos hijas.

Y empecé a relatar mis salidas, paseos o viajes en moto. Y ocurrió que hubo gente que me leyó y vio mis fotos en mis crónicas. Incluso me comentó alguna cosa y me ofrecieron algunos halagos. Pasado un tiempo el blog cogió cuerpo, mi afición quedó plasmada en un montón de vivencias escritas pero un día decidí parar. Viajar y después escribir se convirtió en viajar para escribir y empecé a caer en la vanidad de subir algo con el propósito de alimentar un ego interior desconocido por mí.

En aquellos momentos recuerdo que un conocido periodista de este mundillo utilizó mis fotos y acondicionó un texto mío para publicarlo en una revista del sector y entonces monté en cólera. De repente me di cuenta de que en la red nunca sabes quién te está viendo y con qué intenciones. Enrabietado quise hacer desaparecer mi blog pero curiosamente no pude. Estos blogs que se alojan en operadores de internet y que son gratuitos no son de uno, sino que son de esos operadores que son los que tienen esos espacios en la red. Nosotros somos vehículos que utilizamos sus carreteras y pagamos sus peajes. Nuestros archivos dejan de ser nuestros y son de ellos y como tal los pueden utilizar a su antojo y lo que es peor es que están a disposición de cualquier usuario. En mi cabreo y como no podía hacer desaparecer el blog tomé la decisión de borrar todas mis crónicas y mis fotos como administrador y dejar el blog en blanco. A los pocos días sufrí un ataque en mi ordenador y todas esas fotos que un día estuvieron en mis crónicas quedaron dañadas en mi ordenador. Las tenía pero dañadas. El propietario de ese blog me había devuelto la jugada y lo peor es que yo que era un insulso y no había hecho copias. Me vi  con mi blog vacío y mis archivos dañados. Y me di cuenta de que esto es una mafia. El tráfico de datos personales y archivos genera mucho dinero pero a otros, no a los tontolabas que altruistamente ponemos y exponemos nuestros conocimientos o vivencias en internet.

Después de digerir todo eso en que te ves tan vulnerable me desmotivé mucho y dejé de publicar cosas con asiduidad. Alguna crónica anual de forma testimonial hasta la ausencia total de publicaciones.

Hoy ya he conseguido sobrevivir a todo esto, he conseguido viajar incluso sin hacer ninguna foto. Solo guardo mis momentos de mis viajes en mi memoria y los comparto con mis amigos moteros que son bien pocos en ese momento dejando en el mar de mis recuerdos que se mantengan a la deriva. Hay días que hago el ejercicio mental de recordar esos momentos. En fin el viajar para uno mismo. 

Hoy escribo esto con un propósito, hacer mi última entrada en mi blog y esperar a que pase un año y el propio operador y propietario de ese espacio virtual en vista de la ausencia de visitas lo haga desaparecer definitivamente. Al fin y al cabo, a quién le interesa.

Si alguien ha llegado hasta aquí le agradezco enormemente su dedicación para conmigo.

Un abrazo muy grande para todos los que compartí esta mala afición y nos vemos en la ruta como siempre.


Mirador de Lastres.

Escrito por marsantaenruta 24-04-2015 en Viaje. Comentarios (0)


Un Paseo con Sandra.

Escrito por marsantaenruta 02-12-2014 en Viaje. Comentarios (0)


Contra nuestro deseo, Sandra se fue convirtiendo en mujer. Dejó la edad niña y transitó la adolescencia a velocidad de vértigo. Nadie sabemos cómo ha sido en realidad, pero lo cierto es que mi hija de forma tranquila pero incesante completó sus estudios y luchando contra los canallas imperativos económicos y la mediocridad de nuestros dirigentes encontró trabajo. Condenados a dar gracias por ello y sobre todo, por evitar su emigración a Praga, que a punto estuvo, la niña se nos fue de casa. No muy lejos, pero se fue. Se emancipó a duras penas y lucha por un sueldo de mierda desacorde a su formación y su valía. Por esto ella, que se encontró con la vida de repente, se asustó. Pensó que tenía que luchar, que la vida no era fácil para nadie, que tenía que luchar por su futuro y se emborrachó de realidad. Tan grande fue la cogorza que aún anda eliminando vahos y resistiendo a esa resaca.

Pensé que era el momento de hacer ese viaje que tantas veces habíamos hablado, aunque no fuese al Reino Unido como estaba previsto para ver a los escoces en faldas, visitar sus destilerías y escuchar sus gaitas, visitar los astilleros y los pubs de Belfast, acaso dedicarle un tiempo a Man y disfrutar de Londres. No había tiempo y la puta crisis nos tenía un poco maniatados. Pero había moto y ganas y a pesar del mal tiempo salimos un día de septiembre y encaramos a los orígenes, a la tierra madre, a la que nunca falla, a la tierra de mi madre, Galicia.

Esta vez el viaje sería breve pero tendría toda la intensidad posible. Madrugando, aún de noche, con el cielo encapotado y lloviendo pusimos nuestros culitos en la máquina de hacer curvas. Ir al norte, más al norte de nuestro norte, significa ir a Asturias y esta vez lo hicimos por la zona minera de Villablino. Son días de mundiales de ciclismo en ruta y en la zona se ven muchos equipos internacionales entrenando, muchos buses de colores, coches con bicis en las bacas y ciclistas con enseñas varias rodando en carretera a pesar de las lluvias.

Una primera parada en Villablino para entonar el cuerpo en la cafetería de siempre, después de casi 200 km. hace que el viaje en realidad empiece en ese momento. Los primeros km. para mi son siempre de desconexión de un mundo de trabajo, obligaciones, rutinas a otro desconocido, lleno de sensaciones por descubrir y mucho más intenso. Ese momento me entristece también al pensar que mi niña, que hoy me acompaña en mi afición y también de boquilla la suya, esté mojada y con frío y la conducción muy ralentizada. Empiezo a pensar en la posibilidad de una caída que no me perdonaría nunca. En fin las ideas se me amontonan, desearía estar y no estar donde estoy pero no me queda más remedio que salir de ese estado.

Parece que la mejor manera de salir de un entuerto es simplemente salir. Casco al cogote, guantes, ajustar bien el traje de agua y a por Leitariegos. El día da una tregua y llegamos a tocar las nubes con la mano una vez arriba.

Entramos en Asturias y Asturias es siempre sinónimo de verde, casas de piedra y mucha curva. En esta zona no hay una recta de más de 50 m. Es la ocasión de compensar el desgaste de las ruedas que se quieren poner cuadradas. Carretera enarcada de vegetación, ahora sin lluvia y con mejor temperatura nos acerca a Cangas de Narcea que hoy está imposible con una feria multisectorial que nos mete en una retención que dejaría en vergüenza un día de lluvia a las 9 de la mañana en la A6 entrando a Madrid. Un repostaje y nos tiramos al monte.

Iniciaríamos el ascenso a Los Oscos, tierras escondidas, un tanto solitarias, con carreteras invadidas de hierba, sombrías y sobre todo bellísimas.

Al llegar a Grandas de Salime y una vez hecha parada obligada en su embalse para captura de alguna foto paramos un momento a saludar a Roberto Naveiras, motorista muy conocido y reconocido dentro de nuestro mundillo moteril – ruteril.

Desde Cangas a Taramundi, el pueblo de las navajas, ya con hambre. Sabíamos que la comida casera asturiana nos dejaría con ánimos renovados. Solo llevábamos una mañana de ruta pero parecía una eternidad. Es curioso lo lejos que se puede llegar en unas pocas horas de ruta.

Y después de la comida, el diluvio y en esas circunstancias llegamos el precioso pueblo de Vegadeo. Ya huele a mar, Los eucaliptos invaden el paisaje y con ganas de llegar bordeamos la ría hasta Ribadeo. Ya habíamos llegado a Galicia y yo me empiezo a sentir mejor. Me invade un poco la morriña y me vienen los recuerdos de la familia de mi madre cuando escucho de nuevo el habla, las expresiones y ademanes de las gentes de esta tierra. Trato de que este ambiente penetre en el sentir de mi hija también.

Entrada al Hotel, una ducha, un poco de descanso y a pasear un poco. Iniciaríamos una hermosa conversación íntima, de las de verdad, esas que son necesarias y que no siempre encuentran su momento, de esas que siempre quedan en el recuerdo.

El paseo marítimo, el puente de la autovía encima de la ría, el puerto y sus restaurantes, las casas de piedra y los bares. Benditos bares. Una cena breve después de la comilona de Taramundi y al catre, que mañana es día de ruta y la lluvia y los km. han dejado los cuerpos penitentes.

Amanece de nuevo, gracias a Dios, pero pareciese que no lo hubiera hecho. Hay un cielo tan encapotado y amenazante de lluvia que entristece y acongoja. Hoy nuestro destino primero es visitar a Praia das catedrais que tantas ganas tengo. He pasado en otras ocasiones y siempre con marea alta por lo que ha habido que seguir ruta sin poder bajar a la arena.

Pero hoy ya lo teníamos estudiado, sabíamos que la bajamar sería a las 10.20 m. y a esa hora allí estábamos. No hacía frio pero había una brisa húmeda que obligaba a abrigarse, el cielo muy encapotado en la playa pero se dejaban ver los rayos del sol mar adentro. El rugir de las olas que siempre intimidan y esas roconas de formas imposibles, esa erosión tan grande en esos muros tan altos demuestran que la naturaleza es muy fuerte y que nosotros somos unos juguetes en sus manos. De todos modos el mar, que suele crear fascinación, sobre todo a los que somos de secano, siempre es muy, muy grande. Como decía Victor Manuel en una de sus canciones: “Mira Colas cuánta agua hay dentro del mar”.

Un paseo largo, oreado, húmedo pero magnífico e inolvidable.

Casi siempre cuando viajo trato de impregnarme del entorno, robar un poco de la esencia de los lugares e inmediatamente continuar hacia otro lugar. Como un ladrón de momentos que necesita más y más. Una adicción. Uno ya tiene las suficientes habilidades para llegar a un sitio e inmediatamente empaparse de todo rápidamente para al poco tiempo y de nuevo encima del hierro atacar otro lugar e ir llenando un poco la mochila pensando que ya tienes unos pequeños apuntes para en otra ocasión con más tiempo volver de verdad, pero casi nunca ocurre que se vuelva con el tiempo necesario y en realidad cuanto tiempo se necesita para sentir un lugar, una tierra. Por eso últimamente viajo menos pero viajo mejor. No es para mí ahora aglutinar destinos lo importante si no comprender los destinos y eso necesita más pausa.

Hoy sería un día de costa y desde Ribadeo atacaríamos las Asturias al borde del mar hasta Luarca pasando por Navia. Un parada en el puerto de Luarca para reponer el cuerpo con un café y pasear un poco por la lonja del pescado para ver a los pescadores reparar sus redes, a los jubilados sentados arreglando el país o simplemente viendo pasar su vida de charla con sus amigos. Salimos de Luarca por el cementerio. Unos de los más bonitos por su ubicación. Con vistas al mar.

Otra vez encima de la máquina de rugir para acercarnos a Cabo Peñas. Un lugar muy agreste y unos cortados de impresión que siempre me parecen poco amables, la verdad.

Ahora ya sentamos nuestro culito en un restaurante marinero de Luanco. Tengo especial cariño a este pueblo turístico porque compartí estudios en mis años niños en el internado con muchos chavales de aquí y pasaba parte de los veranos en casa de un compañero.

Después de otra comilona típica asturiana buscaríamos la meseta y la mejor forma que conozco es por Pajares. Para mí el más divertido puerto. Les hay más altos, más bonitos, más emblemáticos, más difíciles, más largos o más verticales pero no son tan divertidos. Pajares sabe a moto, a inclinadas fortísimas y gatillos ligeros. Un placer.

Ya en León nos queda un mero trámite hasta Sahagún. El sol ilumina con fuerza, la lluvia quedó atrás y la llegada a casa es agradable y necesaria. Sandra está cansada pero tiene una leve sonrisa de satisfacción. Seguro que descansará y en unos días empezará a sacarle el regusto al viaje después de procesar las vivencias. No ha sido su destino deseado acaso, pero ha sido un viaje con su padre en que a pesar de la lluvia intensa y el frío nunca se ha sentido en peligro y que seguro recordará y guardará en su hucha de los recuerdos hermosos para su disfrute íntimo.

Y para mí será uno de los viajes más grandes que se pueden hacer, al corazón de una hija.

Ahora estoy a la espera de dar un paseo con mi otra hija, Tamara.

Que Dios reparta suerte y nos vemos en la ruta.



Jusqu'a l'aiguille. Alpes 2014.

Escrito por marsantaenruta 09-08-2014 en Viaje. Comentarios (0)

 JUSQU’A L’AIGUILLE DU MIDI. ALPES 2014.






Recuerdo que hace unos pocos días estábamos de ruta, metidos en ese torbellino que implica cualquier viaje en moto. Vestidos de romano, con la cabeza y las ideas golpeándose dentro de un casco, con el ruido zumbando unos oídos que acaban por adaptarse a ese bufido constante, molesto al principio y llevadero después, con los agentes externos, como gustan decir algunos, golpeando nuestros cuerpos. Con todo eso que implica el estar en ruta.

Las incomodidades de las primeras horas, ese pliegue en el sotocasco que molesta un poco, la dureza de unas botas nuevas que no se han adatado a nuestro pie, las molestias en cuello, manos y antebrazos que me tienen inquieto un buen rato.

Pero mi cabeza empieza poco a poco a retomar estados casi olvidados de paz, de evasión y de libertad. Alerta por pelear con la agresión constante de los conductores en sus coches que nos ven como enemigos a adelantar cuanto antes, alerta por esas nubes que acabarían por verter agua, alerta por cruzar ciudades importantes sin perdidas y demoras, alerta por encontrar esas gasolineras que nos vengan mejor para repostar sin tener que sufrir la angustia de pensar que esta vez has apurado mucho el depósito y te quedarás tirado por estúpido, en fin alerta por cosas tan absurdas como importantes en un largo viaje en moto.

Pero sobre todo alerta por ver que el compañero ruede bien, los ritmos sean asumidos sin cansancio y que la adaptación a la ruta se asimile bien.

Han pasado solo unas pocas horas, pero han pasado tantas cosas, que pareciera que llevases mucho tiempo ya en un nuevo estado, en fin te has dado cuenta de que estás en ruta.

Este viaje ve su luz después de un periodo de preparación; la elaboración de rutas, la reserva de alojamientos y una puesta a punto da las motos que hace que los viajes en moto de disfruten desde su gestación.

Nos hemos decidido por visitar la zona este de Francia y hacer alguna intrusión en las vecinas Suiza e Italia. Pero un objetivo imprescindible sería ascender a L’Aiguille du Midi en su teleférico para intentar disfrutar desde las alturas de la panorámica de todas esas enormes montañas que forman el arco alpino. Un buen objetivo para un viaje europeo.

Sabemos que nos enfrentamos a dos jornadas largas de vías rápidas, autopistas, en muchos casos aburridas en que se suceden los repostajes y los peajes. Siempre es de agradecer que en Francia el precio de los peajes a las motos tenga un descuento del 50%. Salir de España es empezar a cambiar nuestra visión de las cosas. Otro idioma, señales de tráfico distintas, áreas de descanso muy bien diseñadas, otros límites de velocidad, mucho menos control de radar a los conductores hacen que te sueltes un poco y se alegre un poco el ritmo. Por el contrario el carácter pedante de los franceses y su agresividad al volante hace que sea necesario estar vigilante.

He viajado a Francia en numerosas ocasiones y siempre he traído un buen sabor de boca, pero en esta ocasión, no ha sido así. Hemos venido cansados y estomagados de pelear con nuestros vecinos galos en casi cada momento. Están sufriendo su crisis de manera que se les acentúa su carácter altivo y malencarado. Si te diriges a ellos en francés y no es un francés totalmente correcto te ignoran y te desprecian sin educación, si les hablas en inglés, muchos van de listos y no tienen ni idea, si te confunden con italiano, todavía tienen algo de misericordia, pero si ya les dices que eres español te tratan con todo el desprecio posible. Tan torpes son que no son capaces de distinguir a un español de un italiano. También hay gente agradable, también, pero son minoría. Así, que desde aquí quedan ustedes señores franceses invitados a ir a la puta “merde”.


Foto típica en el arco de Sahagún. Inicio de nuestro viaje.


Alojamiento en Brive la Gaillarde.



Iniciamos nuestro viaje temprano el 30 de junio de 2014 desde Sahagún. La idea era avanzar lo posible de la forma más rápida. El destino final del día es Brive la Gaillarde. Un pueblo que a las 6 de la tarde está muerto. Descarga de equipajes, una ducha y un rato de relajación para dar una vuelta y conocer un poco esta población, que como casi toda Francia tiene orígenes medievales. Vacío totalmente, ni un coche por las calles, en fin, llegamos a pensar que algún tipo de desastre nuclear o aviso de toque de queda del que no teníamos noticia hubiese ocurrido. Así que una vez que vi una señal indicando a la “gare” para allí puse mu rueda delantera esperando encontrar algo de vida, gente que subiera o bajase de algún tren, pero no, ni por esas. Todo desierto.

Como ya la tarde iba empezando a apoderarse, y en este país son de hacer las comidas diarias bastante antes que en el nuestro, pensamos que sería un buen momento de reconfortar nuestro cuerpo con unas cañas y algo de cena. Encontramos un restaurante que presumía de terraza interior y con una carta de menús expuesta bastante interesante a precios muy razonables decidimos que ese sería el sitio y el menú. Al entrar encontramos la causa de tal estado de excepción. Jugaba Francia su partido del mundial. Tres franceses sosos sentados en el bar con una caña que dieron muy poco ruido cuando marcaron su gol. Un coche con una bandera tocando el claxon al terminar el partido y ya está. Pasaron ronda con poco alboroto.

Nosotros dando cuenta de una “salade” con poca pinta de “salade”. Más bien parecía una pancetada al foie con un par de hojas de lechuga. Después de un duro día de moto estas ensaladas son las mejores, la verdad.

Un paseo al anochecer asimilando el nuevo idioma y la distinta morfología del país para pillar catre con ese cansancio moteril que los que andamos en ruta conocemos a y mi tanto me gusta.



Día 1 de julio de 2014, amaneciendo casi al alba ponemos en marcha nuestras máquinas de rugir. Esperaba un día largo aunque sabíamos que dormiríamos en el corazón de los Alpes, Chamonix. Mero trámite hasta Lyon y aparecieron los primeros casicontratiempos. Diego con la reserva muy en reserva. Tan en reserva que ya no era reserva, era un conato que quedar tirado por esa manía estúpida de alargar los repostajes. Una vez repostados es cuando el Tomtom se vuelve tonto de verdad o es que esta puta ciudad de Lyon está al revés. El calor bochornoso empieza a desgastar paciencias hasta encontrar por último la salida hasta Annecy.

Ver las montañas cerca alegra nuestro gesto y en un rato estamos comiendo en la Venecia francesa de los Alpes. Bonito, bonito Annecy con su lago y sus canales por la zona medieval. Ahora sí, toda la gente que no había el día anterior en Brive estaba en Annecy. Colapso completo para moverse por la ciudad. En ese momento ya habíamos aprendido la lección de otros motoristas franceses para movernos por ciudad. Si ves un hueco, a por él. No importa, si algún enlatado no hace caso, un toque de claxon y una pequeña reprimenda. Poco a poco te adaptas. Hace que esos atascos sean más divertidos y entretenidos.


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Por fin ya entrada la tarde llegamos a Chamonix. Encontramos nuestro hotel muy rápido y en sitio fabuloso. Equipajes, ducha y ratillo de relajación y a cenar. Mucho ambiente montañero en la población. Muy bello pueblo, sacado de cuento.

Después de cenar en una terraza, peleándonos con una de esas cañas tan enormes que estilan por esos lares parecía que se nublaba un poco. Antes de dos minutos cayó el diluvio. Gotas tamaño XXXL que provocaban la desbandada en busca de cobijo. Cómo se las gastan aquí con las tormentas de verano. Quedó una noche de calabobos que nos acompañó en nuestro paseo nocturno por este pueblo tan, tan bonito.



Por la noche planeamos el ataque a L’Aiguille que íbamos a perpetrar al día siguiente. A las 7.10 h subía el primer teleférico y ese debíamos de coger para evitar colas y retrasos innecesarios. Así que a las 6.00 h. sonó e despertador.

El día dos de julio de 2014 estaba marcado en el calendario como el día D. La ascensión a la aguja no nos preocupaba demasiado aunque teníamos cierto interés en ver cómo nos afectaría el mal de altura a casi 4000 m. de altitud. Amanece negro, lluvia suave que no cesa. Niebla a nuestro alrededor pero ilusionados. Con el madrugón llegamos a las taquillas del teleférico. Nadie en la cola. Preguntamos a la segunda tonta del día y nos dice que hasta las 8.30 h. no sale el aparato. Que las condiciones no son buenas y que la niebla lo cubre todo.





Coño, coño, vaya putada. No sé cuánto tiempo, ilusionados con la ascensión, un madrugón de tres narices, dos broncas matutinas con dos franceses engreídos, hora y media de retraso y una avalancha de japoneses septuagenarios que bloquearon el acceso a las taquillas.

Al mal tiempo buena cara. Un café reposado en un bar panadería con un grupo de cuatro montañeros escaladores granadinos nos fue entonando la mañana. A las 8.30 iniciamos el ascenso en una cabina totalmente enlatados y con los japoneses que no nos llegaban al pecho inquietos y moviendo mochilas y piolets de manera harto peligrosa para la integridad de nuestras caras. El ascenso es rápido, el balanceo produce vacíos de estómago, los japoneses exclaman y miran con ojos de no saber muy bien lo que les pasa, un grupo de montañeros franceses y otro de alemanes que intentarían hacer cumbre en el Mont Blanc ese día completan nuestra vagoneta voladora. En 5 minutos primera parada y bajada a 2400 m. Cambio de cabina y ascensión al cielo. Con la niebla no vemos nada. Llegamos arriba y tomamos por último el ascensor practicado dentro de la roca hasta lo más alto. Es que estábamos en lo más alto que se puede llegar en Europa con medios mecánicos.

Se divisan algunos riscos y paredes próximas. Por una de las salidas se preparaban un grupo de montañeros que se encaminaban hacia la niebla. Impresionante pero nos habíamos perdido los paisajes. Una verdadera putada, pero no podíamos hacer nada. Con el cabreo no había reparado en si me había afectado la altitud y estuve un rato observándome sin apreciar ningún síntoma. Coño, estoy hecho un montañero cojonudo. Es cuando Diego me dice que se siente cansado al hacer pequeños esfuerzos al ascender por unas escaleras que nos llevan a unas tiendas y efectivamente, con algo de esfuerzo cuesta respirar un poco y parece que la cabeza flota un poco, pero es una sensación que me gusta.












Un rato esperamos para ver si despejaba, pero fue inútil. Los japoneses desconcertados a carrerinas de un lado para otro. Entregados a nuestra suerte y decepcionados bajamos a la tierra de nuevo. La bajada es igualmente vertiginosa. En diez minutos a ras de suelo, lloviendo menudo y 55 € menos que fue lo que costó la aventura Aiguille.






Trajes de agua y arrancamos para tierras suizas. Aunque Suiza es Europa mantiene su aduana y sus gendarmes que te hacen parar para darte un visto bueno breve e invitarte a conocer el país del chocolate, los relojes y las cuentas impunes. En poco tiempo ascendimos al puerto Forclaz para poco a poco descender a Martigny.







Acto seguido iniciamos el ascenso al Gran San Bernardo que une Suiza con Italia. Puerto grande, pelado que en su parte alta impresiona por su dureza.

En tiempo de los romanos, sobre el collado se edificó el templo dedicado a Júpiter Penino, de ahí el antiguo nombre de Puerto de monte Júpiter, luego Col de Mons Joux. El paso constituye una importante vía de comunicación a través de los Alpes. Por aquí pasaba la Vía Francígena.

En 1035, por obra de San Bernardo de menthon, se construyó sobre el paso un hospital de una congregación de canónigos regulares, con el fin de recobrar, asistir y proteger a los numerosos viajeros. A partir al menos del siglo XVI, los canónigos del hospital reunieron grandes perros que con el tiempo fueron conocidos como raza San Bernardo, que ayudaban en el rescate de los viajeros.








Iniciando el descenso, adentrándonos en el valle de Aosta, con el cielo muy encapotado y la temperatura baja recuerdo unos momentos tristes, de aislamiento y de lejanía de cualquier lugar habitado. Esto se va corrigiendo al descender y sentirte acogido por los valles de coníferas, las carreteras con asfalto mejorado, la conducción nerviosa de los italianos.





Bonito, muy bonito es este valle. Al mediodía el cielo se abre, nos retiramos los trajes de agua, sube un poco la temperatura e iniciando el ascenso al Pequeño San Bernardo disfrutamos mucho de los pueblos alpinos y los “tornantis” que por estos lares tienen la costumbre de enumerar.

Una vez en la cima podemos comprobar que tal y como nos habían dicho, este puerto es más bonito que el Gran San Bernardo. La estación de esquí, ornamentos varios, los restaurantes típicos que como es habitual hacen de la cima de estos puertos lugares de concentración de ciclistas, motoristas y turistas.














Descendiendo por la vertiente francesa llegaríamos a Moutiers, lugar elegido para alojarnos este día. Después del ritual del movimiento de equipajes, duchas reparadoras nos acercamos a descubrir lo que esta pequeña población ofrece. En realidad, poca cosa para ser un pueblo a la falda de los Alpes. Un puente de madera típico, una iglesia grande y obscura y una plaza breve donde sentados en una terraza daríamos cuenta de unas cervezas y posteriormente de la cena. Sin pena ni gloria fuimos a descansar y planificar la ruta del día siguiente ya que había dudas.




Amanece un nuevo día que íbamos a dedicar a tocar el mayor número posible de puertos hasta el mediodía. Empezando por Le Col de la Madeleinne, Col du Glandon, Col de la Croix de Fer, Pas de la Confession y por fin el Alpe d’Huez. Ciclistas, ciclistas y más ciclistas lo inundan todo en muchas de las ocasiones de forma peligrosa para la circulación. Hacen muy difícil el tránsito y por más cuidado que le pongas siempre te tienen en alerta. Si viajas en coche es aún peor. Con tanta masificación yo disfruto poco aunque hay que reconocer que los paisajes y los lagos alpinos son impresionantes.









Al mediodía español iniciamos el retorno a zonas más bajas y por vías rápidas fuimos consumiendo nuestra etapa poniéndola fin en Clermon Ferand. Justo fue llegar a nuestro hotel y empezar a llover de forma copiosa.

Nuevamente el ritual diario de equipajes, duchas,...Hoy teníamos una muy interesante ciudad por descubrir y así lo hicimos. El centro de la ciudad tiene una de las más bellas catedrales que he visitado. Piedra negra que contrasta con otras tonalidades de la Place de Victoire. Rinden homenaje a sus dos personalidades, el físico Pascal y el Papa Urbano II. Cenamos en la misma plaza muy bien acompañados de sendas cervezas. Mucha gente joven llena la plaza con ganas de tomar algo en las terrazas al son de buena música. Pasamos un rato muy agradable hablando de lo humano, lo divino y lo etílico. Un chaparrón inesperado estropeo el momento y nos obligó a retirarnos a dormir. El cansancio ya empieza a hacer mella después de varios días de ruta. La noche se presenta muy tormentosa y lluviosa. Confiábamos que el día siguiente nos respetaría para poder visitar Le Perigord Noir en todo su esplendor.




Pero no, amaneció muy lluvioso después de una noche de rayos y truenos. Poco a poco y pasando nuevamente por Brive la Gaillarde llegamos al fantástico pueblo de Sarlat la Caneda. La he visitado en varias ocasiones y siempre te muestra algo que no conocías. Nos respetó la lluvia un ratillo en que hicimos el recorrido por la zona medieval. Cualquier descripción se quedaría corta para intentar comentar la belleza de este lugar. Es necesario visitarlo.









Desde Sarlat se hace obligado visitar la Roque Gageag con sus casas embutidas en la roca y su río con sus gabarras. La lluvia aparece de nuevo. Una mirada furtiva al gran castillo al pasar por Beynac. Lo he visitado en otra ocasión y es magnífico. Como yo lo conozco, Diego tendrá que dejar su visita para otra ocasión.








Nuestro destino inmediato es Bergerac. Este último tramo y debido a la lluvia intermitente hemos tenido que afinar la conducción mucho ya que te encuentras trampas en cualquier paso de cebra o cualquier rotonda donde el deslizamiento de la trasera es inevitable. En llegando a Bergerac, cesa la lluvia y sale un sol estupendo pero muy bochornoso. Nos permitió hacer la comida y visitar la ciudad. Su catedral, caco medieval, iglesia de Santiago, el famoso Cirano, La Dordogne y sus gabarras nos elevaron el ánimo.





Hoy nuestro destino sería Bordeaux. Aunque hacía sol se divisaban en nuestra dirección nubes muy, muy negras. Decidimos con acierto pleno ponernos de nuevo el traje de agua. Lo que unos minutos antes no parecía probable, un ratillo después desembocó en una tromba imponente de agua y granizo. Se hacía muy difícil avanzar en coche con lo que en moto era harto peligroso. Poco a poco y sorteando chaparrones y con un fuerte bochorno llegamos a Bordeaux. Había un atasco inmenso, conductores muy nerviosos por avanzar, un clima muy agresivo que nos mantenía muy tensos. Por fin a una hora temprana de la tarde llegamos a nuestro hotel del día. Hoy teníamos un cuatro estrellas como recompensa por ser nuestra última noche de este viaje. El ritual cotidiano y nos acercamos a ver la Gar de San Jean que es muy bonita. Me encantan las estaciones de tren francesas con sus estructuras de hierro y sabor a antiguo, contrastando con trenes de alta velocidad de dos pisos.

Pudimos darnos cuenta en ese momento del porqué de los atascos y las prisas. Francia se jugaba su pase en el mundial contra Alemania. Esta vez sí, la ciudad estaba en la calle, viviendo el partido con emoción pero tristes porque han ido por debajo en el marcador caso todo el tiempo. Al final Francia fuera y los franceses desanimados. Eso lo agradecimos ya que ese día teníamos previsto recorrer la ciudad en moto sin las estridencias de las celebraciones futboleras que en los últimos tiempos hace que la gente se transforme y se desborde.

Bordeaux me encanta. Es una ciudad que conozco y me tiene enamorado con su río y su paseo, La Dordogne, sus estupendo edificios oficiales, sus iglesias y catedral y sus bares donde se come muy, muy bien. Fuentes, monumentos y plazas llenas de gente, sobre todo y según en qué partes, mucho tunecino y argelino. Es muy curioso ver bares llenos de hombres solamente en lo que son sociedades árabes muy machistas. En fin ellos sabrán.

Hoy el hotel es estupendo y el colchón inmejorable. Amanecimos antes de lo que hubiéramos deseado pero bastante descansados. Rápidamente abrí la persiana para ver qué día tendríamos hoy. Chasco, lluvia fina pero amenazando de complicarse. Eso nos hacía empezar el día con el traje de agua. Un poco caótico el tráfico en la salida de la ciudad y después ya en la autopista conductores muy, muy agresivos y muy rápidos.

Sábado por la mañana y la gente sale de la ciudad desbocada, también suizos y alemanes, sospecho que en realidad son emigrantes portugueses y españoles que vuelven a hacer sus vacaciones a los lugares de origen y mucho, mucho marroquí en busca de Africa hacen que la conducción sea endemoniada.

Se nos hacía ya el momento de regresar a nuestro país dejando a todos estos trastornados al volante atrás.

En poco tiempo saldría el sol y se estabilizaría el tiempo. Llegando a Irún, España nos recibe de nuevo. Un país nuestro que en pocos días nos parecía extraño. Una parada para descansar y visitar la preciosa Hondarribia nos pone en marcha. Una preciosidad de pueblo.











El País Vasco merece mucho la pena en toda su extensión, pero a mi especialmente me gusta mucho su costa, así que una vez pasado Donosti, iríamos rodando por las ciudades costeras haciendo parada y comida en Getaria. Siempre que puedo hago parada en Getaria.




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Una comida a base de productos típicos de gran calidad nos pone de muy buen ánimo haciéndonos olvidar los cabreos matutinos. Anchoas, bonito, ...en fin.

Como nos quedamos con más ganas de costa continuaríamos viaje hasta S. Vicente de la Barquera desde donde la lluvia amenazaba en la montaña.

Desfiladero de La Hermida y Potes. Subida a S. Glorio a ritmo de puerto disfrutando muchísmo.

Parada en Riaño para repostar y tomar una caña con vistas al pantano.

Nuestro viaje empezaba a escribir sus últimas palabras. En una hora, si nada lo impedía estaríamos en casa rematando un largo, intenso y estupendo día de moto como colofón a unos días inolvidables.

Cansados y felices tomaríamos la última caña ya en Sahagún con una gran sensación de plenitud. Ahora quedarían unos días para madurar el viaje, recordar momentos que habían quedado archivados y disfrutar de ese regusto que produce una gran ruta en moto.

También muy contento porque cuando el viaje se comparte se disfruta mucho más. Los mejores momentos de la vida siempre se producen en compañía de alguien.

Diego y yo ya hemos hecho varios viajes que hemos disfrutado mucho y también sufrido en momentos, y siempre quedará en nuestro recuerdo el viaje, pero sobre todo la compañía.

Un abrazo muy grande, amigo.

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